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La productividad fué el síntoma, la capacidad para expandir era el problema de fondo.

Por qué estoy redefiniendo mi doctrina, mi práctica profesional y mi propuesta de valor en la era de la IA

abril 15, 2026

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Foto Esteban Luna lunaesteban
Esteban Luna

Ante todo, les pido disculpas: ya han pasado casi nueve meses desde mi último post. Nunca habría imaginado, hace apenas cinco años, que el mundo pudiera cambiar tan rápido en tan poco tiempo. Qué época tan maravillosa para estar vivos.

Hace algunos años leí un libro de Kabbalah. En uno de sus pasajes, una persona le pregunta a un maestro kabbalista por qué usaban tantos símbolos y no transmitían la enseñanza simplemente con palabras. El maestro responde: estimado amigo, el lenguaje es tramposo y no siempre expresa correctamente lo que se quiere expresar.

He recordado mucho esa idea en estos tiempos.

Venimos de años en los que las filosofías, metodologías, herramientas y tecnologías eran las reinas de la fiesta. Un concepto, un método, una solución, un resultado: maravillosamente limpio, replicable y, sobre todo, explicable.

Recuerdo muy bien esa época. El valor estaba en conocer e implementar filosofías, metodologías, herramientas y tecnologías. Y aunque eso generaba enormes problemas de comunicación entre personas, áreas y disciplinas, aun así funcionaba. Hacía su trabajo.

Mientras uno hablaba PMI y otro SCRUM, uno hablaba React y otro Vue, uno hablaba SAP y otro Dynamics, uno era marxista y otro libertario, uno hablaba de planificación normativa, otro de planificación situacional, otro de planificación estratégica… y así podíamos pasar horas.

Luego llegaron las redes sociales y pasamos de las metodologías serias a los tips: “las 5 cosas que debes hacer para lograr esto o aquello”. Y, aunque muchas veces eso superficializó conversaciones complejas, también democratizó distinciones que antes solo estaban disponibles para unos pocos.

Ahora estamos entrando en otra etapa: la era de la IA.

Una etapa maravillosa, porque el conocimiento, tal como lo entendíamos antes, se está convirtiendo en commodity. Antes aprendías a hacer algo, lo practicabas hasta que te saliera bien, cuidabas los detalles y, con el tiempo, construías una ventaja. Hoy, en muchos casos, ya existe algo que hace una parte importante del trabajo por ti.

Ese salto es extraordinario.

Pero también nos pone frente a un cambio profundo. ¿Quién no ha recibido ya un trabajo, un documento, un correo o un mensaje “personalizado”, perfectamente escrito, en el que se percibe con claridad el patrón de haber sido producido con IA? A mí me parece fascinante: veo el esfuerzo de una persona por hacerse más productiva. Pero otras personas lo perciben como algo irrespetuoso, vulgar o poco profesional.

Ese ejemplo es trivial, lo sé. Pero sirve para entrar al punto de fondo.

En un mundo donde el conocimiento se volvió commodity, ya no tiene mucho sentido discutir obsesivamente quién tiene el mejor enfoque, la mejor metodología, la mejor tecnología o la mejor estrategia. No porque eso haya dejado de importar, sino porque la IA ya puede formular soluciones apoyándose en una parte inmensa de ese cuerpo de conocimiento.

La discusión importante ahora es otra:

  • ¿Quién tiene la mejor arquitectura empresarial?
  • ¿Quién tiene la mejor doctrina?
  • ¿Quién está construyendo las capacidades reales para expandirse aprovechando la IA,sin perder coordinación, criterio y control?

Ahí es donde, para mí, cambia todo.

Durante años hablé de productividad operativa. Y sigo creyendo profundamente en ese trabajo. Pero hoy veo con más claridad que, en muchos casos, la productividad era el síntoma visible de un problema más profundo.

El problema de fondo era —y sigue siendo— la capacidad real de expansión.

Porque lo que nos sigue doliendo es lo mismo, solo que en un contexto distinto y por causas que ya no se resuelven igual:

  • seguimos recentralizando decisiones,
  • seguimos descoordinados,
  • seguimos perdiendo el control,
  • y la complejidad nos sigue consumiendo justo cuando estamos creciendo.

La diferencia es que ahora ese problema aparece en un mundo donde el conocimiento ya no escasea, pero la capacidad de absorber complejidad, decidir bien, coordinarse y expandirse sin romperse sigue siendo profundamente escasa.

¿Es esto bueno o malo?

Como todo lo poderoso y disruptivo, trae cosas buenas y malas. Pero de lo que sí estoy totalmente convencido es de esto:

no nos corresponde cuestionarlo; nos corresponde adaptarnos.

El cambio es tan grande como la transición entre el caballo y los vehículos a motor.

Por mi parte, estoy haciendo mi mejor esfuerzo en un proceso que para mí ha sido tan exigente como maravilloso: redefinir mi doctrina, mi práctica profesional y mi propuesta de valor, con plena conciencia de algo que aquel maestro kabbalista entendía muy bien:

el lenguaje es tramposo y no siempre expresa correctamente lo que se quiere expresar.

Pero aun así hay algo que sí puedo decir con claridad:

los problemas a resolver siguen siendo profundamente humanos y organizacionales, solo que el contexto cambió, las causas se desplazaron y las respuestas también tienen que cambiar.

Por eso hoy me interesa menos hablar solo de soluciones, herramientas o eficiencia, y más de construir capacidad.

Porque sí: hay solución.

Pero la solución ya no pasa solamente por implementar respuestas.

Pasa por construir capacidades.

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